21/08/14
  
El matrimonio de "a mentiritas" - Sirvinacuy

En nuestro “mundo moderno”, en el que los jóvenes de ya hace algunas generaciones se creen muy independientes o avanzados en sus ideas acerca de su libertad individual; particularmente, sobre su libertad sexual, se podría aplicar este dicho de que “el mundo da vueltas”.El comportamiento sexual de nuestros antepasados, aunque impulsado por motivaciones diferentes, vuelve a repetirse, y se ve cada vez más “natural” que exista un periodo de convivencia de las parejas antes de dar el paso final hacia un matrimonio que se pretende que dure “para toda la vida”; los tabúes religiosos van haciéndose cada vez más laxos.

 

En este artículo trataré el tema del matrimonio de prueba o “sirvinacuy”, que se practica desde tiempos inmemoriales y hasta la actualidad, en las sociedades andinas.Según los cronistas de la época de la conquista y los historiadores, las sociedades pre-incas e Incas practicaban la cohabitación de las parejas, antes del matrimonio.Esta costumbre era conocida como el sirvinacuy o tintinacuy.Esto era necesario para establecer un período de prueba de la compatibilidad sexual y psicológica de la pareja, dirigida hacia el logro de un matrimonio estable.La familia era la “unidad básica” de la vida comunal.Para la sociedad incaica el matrimonio era una institución sumamente importante, ya que éste concertaba alianzas y relaciones de parentesco que regirían la vida de sus comunidades.A pesar de que cuando los Incas conquistaron los territorios que integraron el Tahuantinsuyo respetaron en lo posible las costumbres y tradiciones de los pueblos sometidos, se impuso un nuevo orden geopolítico a través del cual se ejercía control social sobre la población.Para el imperio, el matrimonio era una cuestión de estado.El matrimonio significaba la unión de dos personas con fines básicamente administrativos y tributarios.La pareja recibía del estado una parcela de tierra y semillas para cultivarla; significando el inicio de un proceso productivo complementario que se incrementaría con los hijos engendrados, y que daría lugar al consecuente pago del tributo al estado.Asimismo, el incremento demográfico era estratégicamente importante para la expansión del estado.Se tenía una economía de subsistencia, en la que existía una relación estrecha entre producción y consumo.

Según la autora Karen Viera, antes de la llegada de los españoles existió un paralelismo, a la vez que una complementariedad, entre el género masculino y el femenino.Tanto el hombre como la mujer conservaban su autonomía en cuanto a sus organizaciones políticas y religiosas.Cada grupo desempeñaba un rol importante en el proceso productivo; pero sin embargo, sus mundos estaban profundamente conectados al eje del sistema político, a través del reinado de un jefe máximo y de su consejo.Las divisiones de género no tenían por objeto dividir al hombre y mujer en bandos opuestos, sino el de crear balance y armonía a través de la asignación de cargos diferentes, pero complementarios. Federico Kauffman Doig, reconocido arqueólogo peruano, dice que la espiritualidad andina está conformada por una magia sexual y sostiene que los antepasados percibían que el mundo era regido por una pareja de naturaleza divina, dueña de la existencia misma; y por tal motivo, debían unirse para que los campos germinaran y para que el dios del agua fertilizara con sus lluvias a la diosa tierra o Pachamama.

Es por todo esto que era tan importante el período de prueba antes del matrimonio; era parte del orden público, y de tener éxito la unión, sería visto como una ganancia para el aparato productivo. El sirvinacuy se traduce como un proceso de reciprocidad. Según los cronistas, existía la posibilidad de rompimiento de la pareja y el retorno de la mujer a sus ayllus de origen. El estado intervenía en la elección de la pareja y en el matrimonio de los jóvenes. En los niveles de mayor jerarquía, era considerado como muestra de autoridad y prestigio que un hombre tuviese varias mujeres; más si éstas habían sido asignadas por el Inca. Esto les significaba una mayor asignación de parcelas y también un aumento de la fuerza de trabajo para el hogar. Un hogar típico no representaba necesariamente a la característica familia nuclear de mujer, marido e hijos. Podía haber una familia extensa cohabitando en el mismo hogar. La mayor parte de los hombres comunes, no pertenecientes a la jerarquía política, tenían una sola mujer. Según el cronista Bernabé Cobo, en cada región variaban las costumbres, ceremonias, formas de matrimonio y de uniones sexuales. La virginidad no era considerada como un valor social; más bien, era repudiada. Según el Padre Cobo, “la virginidad era vista como una tara para la mujer, pues el indio consideraba que solamente quedaban vírgenes las que no habían sabido hacerse amar por nadie”. Américo Vespuccio, en la relación que hizo de su primer viaje a las Indias, escribió que la mujer no estimaba la virginidad antes de las nupcias, y que más bien la tenían por afrenta y se sentían desdichadas porque nunca nadie las había apetecido…y así las doncellas llamaban al primero que toparan para que las corrompiese”. Según el cronista Acosta, la tradición prescribía que la mujer había de tener relaciones sexuales, antes y como preparación para el matrimonio; antes de que se casasen, las mujeres podrían andar sueltamente.

Al llegar los españoles a América e imponerse un sistema de producción para la exportación, se produjo una diferencia marcada, no complementaria, entre géneros. La mujer pasó a un puesto relegado en el aparato productivo y en el proceso de decisiones. Los conquistadores venían de un mundo influido por la ética y entusiasmo de la Contra-reforma, con valores austeros y conservadores, y quisieron imponer sus preocupaciones morales acerca de las relaciones sexuales “formales” o legítimas, el significado de la pureza, honor y linaje, y de los valores familiares, a un mundo quebrantado por un colapso demográfico (cientos de indios murieron victimas de las pestes y de las agresiones armadas) y por el abuso clasista (Irene Silverblade, “Valores Familiares en el Siglo XVII en el Peru”, Duke University). Al verse amenazados por la declinación de la población india, el Virrey Toledo puso en efecto una serie de medidas orientadas al fortalecimiento de la presencia de España, y se estableció un paternalismo protector de los derechos del indio: la autonomía de las comunidades indias en la resolución de sus problemas locales, la entrega de poder a los curacas como colaboradores de la corona, y la instauración de autoridades municipales de origen indígena, encargadas del orden local. Sin embargo, las costumbres nativas no podían contradecir las costumbres Ibéricas, puesto que constituiría una amenaza al orden colonial. Y así, las reformas del Virrey Francisco de Toledo, emprendieron campañas agresivas para extirpar la idolatría y “prácticas paganas” de las sociedades nativas. Debido al tremendo valor que se daba a los valores familiares, los “pecados sexuales” eran profundamente condenados, y toda práctica sexual que no fuese orientada a procrear era considerada como un pecado mortal. Una de las principales ofensas a las buenas costumbres era el “amañamiento” o sirvinacuy, actividad natural practicada por los indios. La Iglesia emprendió una campaña de catequización aunada a hacer cumplir las disposiciones coloniales, so pena de castigo. En las Ordenanzas Reales que decretó el Virrey Toledo en 1582 se especificaba “Hay costumbre entre los indios de casi generalmente no casarse sin primero haberse conocido y hecho vida marital entre ellos. Ordeno y mando que se procure, así por los sacerdotes, corregidores, caciques y alcaldes, persuadir y quitar a dichos indios esta costumbre tan nociva y perniciosa, dándoles castigos ejemplares, como trasquilarlos o darles cien azotes”. A pesar de la oposición de las autoridades españolas y de la Iglesia, el sirvinacuy continuó y sigue profundamente arraigado hasta nuestros días, dentro de las comunidades andinas.En los Andes la actividad sexual se inicia a los trece o catorce años. La etapa del cortejo está llena de celebraciones y halagos. El uso de espejos de parte del hombre, que se dice representa los ojos del alma y que atraen a la mujer, es uno de ellos. Los encuentros se dan en las labores agrícolas, como en el pastoreo, o en las fiestas comunales, en las que bajo la influencia de la chicha se dan los primeros encuentros sexuales fortuitos y se inician los amores. Cada persona es libre de elegir a su pareja y después de un noviazgo corto, el hombre se acerca a los padres de la novia y les ofrece regalos de alcohol y coca. Si son aceptados, los padres de la novia suelen indicar al pretendiente los defectos de su hija, con el fin de que éste sepa a quién se está llevando. Después de una comida, se fija la fecha de la boda, la cual, salvo pequeñas variables, no deberá excederse del plazo de un año. Luego, la pareja se dirige a la casa del novio, y comienza el sirvinacuy. Esto trae como ventaja, la posibilidad de determinar la compatibilidad sexual de la pareja, y que los padres visualicen los valores de la mujer; así la ceremonia de casamiento futura se tomará con mayor madurez.

Para el antropólogo jesuita, Manuel Marzal, el sirvinacuy no es un matrimonio de prueba, sino ya un compromiso firme de ayuda mutua (reciprocidad), implicando transacciones económicas. En él está involucrado todo un conjunto de relaciones familiares y de compadrazgo. El sirvinacuy no significa libertad sexual; y ha sido instituido como una forma de defensa de la familia en culturas muy conservadoras en esteterreno.

Es muy importante el rol que juega el matrimonio en la aceptación del hombre como “miembro activo” de la comunidad, por lo cual el casorio se realizará en la brevedad posible, dentro del plazo establecido. En el mundo actual, en los países andinos, no todos reconocen las uniones de parejas que hacen vida común, como generadoras de derechos y obligaciones legales. Sin embargo, en Bolivia, la ley protege formas de unión pre-matrimonial como el sirvinacuy, con efectos similares a los del matrimonio. En el Perú, las leyes establecen un período mínimo de dos años de unión estable para que ésta sea reconocida.

s importante que se dé una reglamentación jurídica que se adapte más a los valores reales de las comunidades afectadas. No se puede juzgar por los mismos patrones jurídicos a comunidades que se rigen por leyes basadas en costumbres ancestrales.

Lucia Newton de Valdivieso

Antropóloga de La Pontificia Universidad Catolica del Perú